Parecía imposible.
Aquella joven que rezaba en una mezquita de Marruecos era Salma.
La misma Salma de la que me había enamorado perdidamente diez años atrás.
Reconocí su sonrisa.
Y aquella manera tímida de mirar, como si quisiera ver el mundo sin que el mundo se diera demasiada cuenta.
Me quedé observándola.
Diez años son muchos años.
Sobre todo cuando uno los ha pasado recordando a alguien que probablemente ya no se acuerda de él.
Finalmente me acerqué.
—¿Anti Salma?
Ella levantó los ojos.
—Naam, ana Salma.
Era Salma.
Y yo, que había estudiado árabe durante tanto tiempo, descubrí de pronto que apenas necesitaba dos palabras.
Hablamos.
Me presentó a su familia.
La belleza, comprobé, era una costumbre familiar.
Yo viajaba solo.
Sin fechas.
Sin horarios.
Sin demasiadas obligaciones.
Así que acepté encantado la invitación de quedarme unos días con ellos.
Al día siguiente acompañé a Salma a la madrasa donde daba clases.
La observé entre sus alumnos.
Había algo en aquella escena que me conmovía más que cualquier declaración amorosa.
Por las noches, Mohamed, su padre, me invitaba a fumar hachís.
Conversábamos.
Yo practicaba mi árabe.
Él tenía la paciencia de escucharme.
Y mientras tanto, aquel antiguo enamoramiento iba recuperando una fuerza que yo creía perdida.
Pronto comprendí que, si quería compartir mi vida con Salma, tendría que pensar en el matrimonio.
Lo pensé.
No demasiado.
Una noche le pedí a Mohamed la mano de su hija.
Después hablé con Salma.
Y nos casamos.
A partir de entonces, las cosas empezaron a suceder con una facilidad sospechosa.
En menos de un año escribía en árabe y en español.
Publicaba.
Me leían.
Planeta me ofreció un contrato.
La colección Visor me consagró como poeta.
Todo aquello que durante años había perseguido entre libros, cuadernos y habitaciones solitarias llegaba de pronto sin necesidad de perseguirlo.
Salma y yo tuvimos cuatro hijos.
Cuatro.
La casa se llenó de voces.
De juguetes.
De conversaciones en dos idiomas.
Yo seguí escribiendo.
Y terminé convirtiéndome en un escritor famoso.
Nada menos.
A veces pienso en aquel instante, diez años después de nuestro primer encuentro, cuando reconocí a Salma en la mezquita.
Si no me hubiera acercado, quizá nada de esto habría sucedido.
O quizá habría sucedido otra cosa.
Porque hay vidas que uno vive.
Y otras que escribe.
La mía, por suerte, todavía admite correcciones.
leopoldo
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