Luisana se ha tomado un par de semanas de vacaciones.
Y ha llegado Sara.
La conocí hoy.
Tiene unos ojos gris azulados que llaman la atención, una sonrisa fácil y esa manera de tratar a los demás que consigue que uno se sienta cómodo sin saber muy bien por qué.
Es guapísima.
También empática, divertida y profesional.
Una combinación peligrosa para un hombre de mis inclinaciones.
Lo tiene difícil, desde luego.
Sustituir a Luisana no es tarea sencilla.
Luisana, además de excelente terapeuta, tiene la costumbre de regañarme.
Hoy, sin ir más lejos, me ha llamado la atención por no cortarme las uñas.
—Leopoldo, esas uñas.
Y yo, naturalmente, he tenido que darle la razón.
Sara, de momento, no regaña tanto.
Digo de momento porque todavía no nos conocemos lo suficiente.
Luisana es venezolana.
Su novio se marcha a Estados Unidos y ella tendrá que acostumbrarse a tenerlo lejos.
A los yanquis no les tenemos demasiada simpatía.
En eso coincidimos.
—Cuando lo eches de menos, querida Luisana, cómete un buen pabellón criollo.
Estoy convencido de que el espíritu puede viajar desde el estómago hasta el alma.
Y pocas cosas ayudan tanto como la comida de la tierra cuando uno empieza a echar de menos a alguien.
Mientras tanto, yo procuraré conocer mejor a Sara.
Incluso intentaré ligar con ella.
Sin demasiadas esperanzas, naturalmente.
Uno conserva sus ilusiones, aunque la realidad tenga la mala costumbre de ponerlas en su sitio.
Adaceco es un lugar maravilloso.
Hay profesionalidad.
Hay afecto.
Y hay personas que consiguen que una terapia deje de parecer una obligación.
Hoy también ha regresado David, después de unos días libres para estudiar.
David pertenece, lamentablemente, a la deplorable subespecie de los varones.
Pero debo reconocer que lo echábamos de menos.
Mucho.
La vida está llena de contradicciones.
Y Adaceco, afortunadamente, también.
leopoldo
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