Dentro de un mes escaso me voy a Marruecos.
A Chefchaouen.
La ciudad azul.
Allí vive la madre de Hicham, a quien por fin voy a conocer.
Enrique está encantado con el viaje.
Lore también.
Los dos conocen mi pasión por la cultura magrebí y saben que, cuando hablo de Marruecos, empiezo a comportarme como un adolescente al que acaban de prometer sus primeras vacaciones.
Pero tengo un problema.
El wifi.
Necesito seguir alimentando mi blog literario.
Y no sé si en Chefchaouen podré conectarme.
—Claro que habrá wifi —me dice Lore.
Lo dice con esa seguridad que tienen las editoras cuando creen que sus autores están complicando innecesariamente las cosas.
Yo no estoy tan convencido.
Imagino las calles azules.
Los mercados.
Las montañas.
Los hombres conversando a las puertas de sus casas.
Y me cuesta imaginarme en medio de todo aquello preguntando por la contraseña del wifi.
Aunque probablemente sea yo quien esté equivocado.
Lore insiste en que podré enviarle los textos por WhatsApp.
Yo sigo teniendo mis dudas.
Si no consigo conectarme, escribiré en una libreta.
Como se ha hecho toda la vida.
Después, cuando regrese, Lore tendrá que enfrentarse a mis páginas manuscritas.
No sé qué le parecerá.
A mí me preocupa perder la frecuencia diaria del blog.
Porque me gusta pensar que hay algunas almas dispuestas a viajar conmigo a través de mis escritos.
Aunque solo sea durante los cinco minutos que tardan en leerlos.
He decidido no llevar el ordenador.
Demasiado incómodo.
Demasiado peso.
Demasiada tecnología.
Soy, lo reconozco, un escritor del siglo pasado.
La palabra wifi me agrede.
Me incomoda.
Y, si tengo que elegir entre llevar un ordenador portátil o una morcilla colgando, prefiero la morcilla.
Al menos se puede comer.
Además, dicen que en Chefchaouen se encuentra un hachís extraordinario.
Lo cual plantea otra cuestión.
Incluso si consigo conectarme, no está garantizado que conserve intacta mi capacidad de trabajo.
Así que Lore tendrá que tener paciencia.
Yo intentaré escribir.
Marruecos pondrá el paisaje.
Y el wifi, si aparece, que haga lo que pueda.
leopoldo
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