—Mira, Leopoldo, donde has escrito «condón sucio» deberías poner algo más cuidado. «Preservativo insalubre», por ejemplo.
Eso me dice Lore.
Mi editora.
La mujer que lleva meses intentando introducir un poco de orden en mi literatura.
Y, probablemente, en mi cabeza.
—Verás, Lorenita, no es lo mismo.
Porque una cosa es un preservativo insalubre y otra, bastante distinta, un sucio condón.
El primero parece sacado de un informe sanitario.
El segundo pertenece a la vida.
A la vida que yo conozco.
Imagínate que alguien te mete mano en un ascensor.
Puedes escribir que has sufrido «un contacto amoral, degradante y parcialmente satisfactorio».
O puedes decir que te han metido la zarpa donde no debían.
La diferencia no es solamente gramatical.
Es una cuestión de mundo.
—Leopoldo, también tenemos que pensar en los lectores.
—Mi amor, yo pienso constantemente en los lectores.
Lo que ocurre es que no siempre pienso en los mismos que tú.
Yo vivo en el Ventorrillo.
Entre gente que no suele aparecer en las fotografías de las presentaciones literarias.
Putas.
Yonquis.
Colgaos.
Poetas.
Trastornaos.
Personas que sobreviven como pueden y que, a pesar de todo, conservan una manera extraordinaria de contar sus desgracias.
O precisamente por eso.
Te aseguro, Lore, que tienen poesía.
Mucha.
Y no dicen «preservativo insalubre».
Dicen «sucio condón».
Porque las palabras no viven solamente en los diccionarios.
Viven en las calles.
En los bares.
En los comedores sociales.
En las camas.
En las conversaciones que uno escucha cuando nadie está intentando parecer culto.
Yo quiero escribir desde ahí.
Desde el lugar donde vivo.
No desde el lugar donde algunos creen que debería vivir un escritor.
Y no se trata de despreciar la corrección.
Lore sabe de gramática mucho más que yo.
Por eso es mi editora.
Pero hay una diferencia entre corregir una frase y quitarle la vida.
Entre ordenar un texto y ponerle una corbata.
Yo necesito que mi literatura conserve sus incorrecciones cuando esas incorrecciones dicen algo.
Que pueda hablar de sexo.
De dinero.
De religión.
De amor.
De todo aquello que la gente suele disimular cuando quiere parecer respetable.
Lore escucha.
Seguramente está pensando en cuántas comas tendrá que corregirme después de esta conversación.
Yo sigo.
—Mira, Lorenita, no es que no me importe vender libros.
Me importa.
Naturalmente.
Pero me importa más la poesía.
Y si tengo que elegir entre escribir como habla mi gente o escribir como esperan que hable, ya sabes lo que voy a hacer.
Seré un incorrecto.
Toda mi puta vida.
Aunque después venga Lore.
Y me corrija las comas.
leopoldo
Añadir comentario
Comentarios