Hasta que se me estropee la silla de ruedas
Todo tiene un límite.
La paciencia.
La resistencia.
Incluso el espíritu.
Yo he soportado unas cuantas averías en esta vida.
Algunas mecánicas.
Otras bastante más difíciles de reparar.
Pero el día que se me estropee la silla de ruedas…
Ese día puede ser el detonante.
De mi adicción a la heroína.
O eso digo.
Porque, a estas alturas, uno ya no sabe si está amenazando al mundo o simplemente haciendo literatura.
leopoldo. El sin sentido.
Lore trabaja, trabaja, trabaja…
Y cuando termina,
come vegano.
Yo la invito
a una morcilla de Burgos,
regada con Ribera del Duero.
En un pueblo del rural.
Ella corregirá mis versos.
Yo pediré otra copa.
Y seguramente acabaremos
discutiendo sobre literatura.
Porque Lore trabaja,
trabaja,
trabaja…
Y yo sigo escribiendo
para darle trabajo.
La heroína es vivir un sueño
Desde un mundo de mierda.
Un hermano con sida.
Una hermana prostituida.
El viejo en la cárcel.
La madre, también atrapada en la miseria.
Y de pronto, el caballo.
La promesa de otra vida.
Un instante de paz.
Una serenidad que parecía reservada a los ricos.
Nada agrede.
Nada duele.
Todo queda lejos.
Hasta que el sueño termina.
Y vuelve la misma habitación.
La misma pobreza.
Los mismos problemas.
Solo que ahora falta algo.
Y hay que repetir.
Otra vez.
Y otra.
La eternidad, cuando se compra por dosis, suele durar bastante poco.
Mañana, leopoldo
Médico.
Teresa González.
Las recetas.
Las pastillas.
Los pañales para el viaje al Magreb.
Después, biblioteca del Ágora.
Devolver libros.
Y llevarme otros.
Farmacia.
Zyprexa de diez miligramos.
Comedor social de Boandanza.
Una mañana perfectamente organizada.
Si no fuera porque siempre aparece algo.
Una avería.
Un amigo.
Una conversación.
Un poema.
O la vida, que tiene la mala costumbre de no respetar las agendas.
leopoldo
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