Kiko lírico

Publicado el 2 de noviembre de 2026, 14:39

Mi primer beso fue en Cambridge.

En un parque.

Ella era gordita.

Yo, bastante inexperto.

Y los dos teníamos esa edad en la que uno cree que besar a alguien constituye un acontecimiento extraordinario.

Quizá lo sea.

Fue mi primer morreo.

No me atreví a tocarle los pechos.

Aunque entonces me pareció que ella no habría puesto demasiados inconvenientes.

Faltó pasión.

O sobró timidez.

El caso es que aquello se desarrolló con la solemnidad de un acto previamente convenido.

Nos besamos.

Nos separamos.

Y seguimos con nuestras vidas.

No recuerdo su nombre.

Supongo que ella tampoco recuerda el mío.

Pero la experiencia fue sumamente gratificante.

Hay recuerdos que sobreviven precisamente porque no llegaron a convertirse en nada más.

Y ahora, muchos años después, estoy pendiente de unas llaves.

Las de Ilias.

Se le cayeron por el hueco del ascensor.

He buscado en internet a alguien que pueda rescatarlas.

Pero es domingo.

Y los domingos las llaves extraviadas tienen que esperar hasta el lunes.

Así que mañana resolveremos el asunto.

Mientras tanto, pienso en La Paca.

Estoy muy contento con el libro.

Mi madre.

Mi mare.

Aquella mujer elegante que coleccionaba caracolas marinas.

Mi amigo Jacobo, escritor y antiguo compañero de las clases de español para inmigrantes en Ecos do Sur, me hará una entrevista durante la presentación.

Hablaremos de literatura.

De nuestra amistad.

De los inmigrantes.

Y, naturalmente, de mi madre.

Porque habrá una invitada muy especial.

La Paca.

Ya me la imagino llegando.

Con su media melena.

Su elegancia.

Esa manera suya de ocupar un lugar sin necesidad de levantar la voz.

Dejará al público patidifuso.

Jacobo preguntará.

Yo responderé.

Y ella estará allí.

No físicamente, claro.

Pero hay personas que continúan viviendo dentro de nosotros con una obstinación admirable.

Mi madre es una de ellas.

Por eso, cuando llegue el momento de presentar el libro, seremos tres.

Jacobo.

La Paca.

Y Leopoldo.

Bienvenida, madre, al miserable mundo de los vivos.

Tu hijo intentará hacértelo un poco más bonito.

 

leopoldo

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