Esta mañana he estado a punto de incendiar la casa.
No es una exageración literaria.
Me dejé la vitrocerámica encendida después del desayuno.
La cafetera terminó quemada.
Y la vitrocerámica, estropeada.
Lo peor fue descubrir que no podía apagarla.
El fuego seguía allí.
O, mejor dicho, el calor.
Persistente.
Obstinado.
Como si el aparato hubiera decidido continuar desayunando por su cuenta.
Llamé a Hicham.
—He tenido un pequeño problema con la vitrocerámica.
Le expliqué el estropicio.
—Apaga los plomos —me dijo—. En dos horas estoy ahí.
Obedecí.
Y me quedé pensando.
Si todavía viviera solo, aquello podría haber terminado bastante mal.
Uno se acostumbra a sus limitaciones.
A veces tanto que olvida hasta qué punto una distracción puede complicarle la existencia.
Ilias se había marchado a la Escuela de Idiomas.
Antes de salir me tranquilizó.
—No te preocupes. Hicham lo arreglará cuando vuelva.
Lo dijo con esa seguridad que tienen algunas personas cuando los problemas son de otros.
Estuve a punto de llamar a Juanín.
Juanín es el hombre al que recurro cuando alguna de mis desfeitas domésticas supera mis conocimientos técnicos.
Que suele ser bastante pronto.
Pero decidí esperar.
Hicham vendría.
La casa seguía en pie.
Y la cafetera, aunque difunta, ya no podía causar más daños.
Así que me senté a escribir.
Es una de las pocas actividades que todavía consigo realizar cuando todo lo demás empieza a fallar.
También recurrí al hachís.
Mi famosa medicina del alma.
No sé si habrá servido para tranquilizarme.
Lo que sí sé es que mañana necesitaré otra cafetera.
Y, probablemente, una vitrocerámica.
La literatura tiene estas limitaciones.
Puede salvar una tarde.
Pero no prepara el desayuno.
leopoldo
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