Obradoiro. Poesía. Cumpleaños

Publicado el 2 de noviembre de 2026, 14:39

Era una sorpresa para Lore.

Una sorpresa de cumpleaños.

Y esta vez iba a organizarlo todo yo.

—Te espero el lunes en el aeropuerto de A Coruña.

No admitía discusiones.

Cogeríamos un autobús hasta Santiago de Compostela y allí otro, cuya identificación me había facilitado mi hermano Chemi, nos llevaría hasta la plaza del Obradoiro.

Lore no sabía nada.

Yo daba las órdenes.

Una situación bastante excepcional en nuestra relación.

Llegamos a Santiago.

Frente al Pórtico de la Gloria abrí las dos sillas plegables que había comprado en los chinos.

Las coloqué cuidadosamente.

—Siéntate, Lore.

Ella me miró.

Supongo que empezaba a sospechar que su cumpleaños no iba a ser exactamente convencional.

Entonces lo vi llegar.

—Mira quién viene por allí.

Era Lois Pereiro.

Traía esa expresión suya, entre la ironía y el cansancio, como si hubiera regresado de algún lugar donde las cosas no habían terminado demasiado bien.

Nos saludó con una mueca.

Y se sentó en la silla que había quedado libre.

No preguntamos de dónde venía.

Hay encuentros que pierden toda su gracia cuando uno empieza a exigir explicaciones.

Frente a nosotros, el Pórtico de la Gloria.

La piedra románica.

Los siglos.

Aquellas figuras que llevan tanto tiempo contemplando a los hombres y sus miserias.

Durante un rato permanecimos en silencio.

Después Lois comenzó a recitar.

Primero, un poema de Rosalía de Castro.

Luego, uno suyo.

Su voz parecía salir de algún lugar donde la poesía y la muerte habían dejado de ser asuntos diferentes.

Lore escuchaba.

Yo también.

Y por un momento tuve la impresión de que los tres pertenecíamos a un tiempo que no figuraba en ningún calendario.

Después nos entró hambre.

La espiritualidad tiene esas cosas.

Fuimos a comer a un restaurante argentino.

Chinchulines a mansalva.

Lois, que había pasado buena parte de la mañana entre versos y eternidades, se comportó durante la comida con una naturalidad admirable.

Al terminar nos ofreció llevarnos a casa.

Tenía un Dyane 6.

Nos acomodamos como pudimos.

Y regresamos.

No sé qué pensaría Lore de todo aquello.

Yo estaba satisfecho.

Había conseguido reunir en un mismo día a mi editora, a uno de mis poetas predilectos, el Pórtico de la Gloria y una cantidad considerable de chinchulines.

No es fácil organizar un cumpleaños semejante.

Sobre todo cuando uno de los invitados lleva años muerto.

Pero para eso está la poesía.

Para permitirnos, de vez en cuando, ciertas libertades con la realidad.

 

leopoldo

Añadir comentario

Comentarios

Todavía no hay comentarios