En el comedor social de Boandanza tengo dos amigos ciegos.
Luis y Santi.
Luis conserva algo de visión.
Distingue sombras y figuras y tiene autonomía suficiente para desplazarse solo.
Santi no ve absolutamente nada.
Por eso suele llegar acompañado de Moncho, su amigo y lazarillo.
Los dos tienen una manera bastante particular de enfrentarse a la vida.
Sobre todo Santi.
Que se ríe de casi todo.
Incluso de mí.
Y tiene motivos.
Durante una temporada fui yo quien lo acompañaba.
Lo llevaba del brazo, procurando que llegara sano y salvo a su destino.
La intención era buena.
Los resultados, discutibles.
Entre mis dificultades de coordinación y los porros que me fumaba con Javi, terminaba empotrándolo contra las paredes.
No siempre.
Pero con una frecuencia poco recomendable para un guía.
Santi aguantaba.
Hasta que un día, probablemente después de otro encuentro poco amistoso con una esquina, decidió sustituirme por Moncho.
Una decisión sensata.
Yo mismo la habría tomado.
Todavía se ríe cuando recuerda que una vez lo amenacé con tirarlo por una alcantarilla.
Era una broma, naturalmente.
Aunque, vistos mis antecedentes como acompañante, comprendo que no le hiciera demasiada gracia en aquel momento.
Luis es diferente.
También tiene humor.
Pero de vez en cuando se pone serio.
—Es que no ver es muy fuerte —dice.
Y tiene razón.
No hace falta añadir mucho más.
Después vuelve a contar uno de sus chistes.
Malísimo.
Santi se ríe.
Y responde con el suyo.
Siempre el mismo.
El de la salida.
No sé cuántas veces lo habré escuchado.
Pero él continúa contándolo con el entusiasmo de quien acaba de inventarlo.
Y Luis vuelve a reírse.
Los observo.
Dos hombres que conocen de cerca las limitaciones de su cuerpo y que, sin embargo, encuentran motivos para divertirse.
No voy a decir que sean héroes.
La palabra se utiliza demasiado.
Son mis amigos.
Luis.
Santi.
Uno todavía distingue algunas sombras.
El otro vive en la oscuridad.
Y ambos tienen una capacidad para reírse que ya quisieran muchas personas que ven perfectamente.
A veces pienso que Santi hizo muy bien en cambiar de lazarillo.
Moncho lo lleva sin empotrarlo contra las paredes.
Y yo puedo seguir caminando a su lado.
Que es bastante más seguro para todos.
leopoldo
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